Hijos de Jaén
[Sólo Palmira]
En las tierras de la España profunda, existen hectáreas totalmente desconocidas y maravillosas, el sonido musical de un toc-toc, si escuchas con paciencia y una mínima libre imaginación auditiva y consigues unir esos toc-toc, finalmente se formará una palabra.
Pues bien, nosotros los cuatro patas, nos llamáis ciervos, gamos, jabalíes y yo, yo soy la cabra montesa, llevamos muchos años por aquí, tanto… que casi me extingo.
Mirando vuestras tierras, recuerdo hace pocos años bajando por las faldas de las montañas hasta llegar a los llanos arenosos para jugar atraída por su olor, observando esas formas ovaladas de color verde llamativo, verde mustio, verde negruzco a causa del barro y con un sabor... –no sabría cómo explicar– mis pupilas gustativas dirían agrio-dulce, y... bordeando mis colmillos intentando morder y al final por desesperación me lo tragaba, creo que el humano lo denomináis el hueso de la aceituna.
Mi atención cambia cuando escucho un silbido agudo, es mi manada, debo volver a los altos, parece ser que hay peligro, miré a los olivos con amor y respirando su maravilloso perfume, me giré y salí corriendo o galopando cuando empecé a oír disparos de escopeta, alterada y nerviosa veo las rocosas.
“Ya queda menos”, me digo para mí cuando siento un fuerte dolor en la pata trasera , cayendo al suelo.
Al poco tiempo abro los ojos, me incorporo, todo está en silencio con esa paz que recordaba de pequeña cuando sólo oía la caída de las aceitunas a montones y se me enganchaban en las pezuñas, saltaba realizando un pequeño baile mientras el resto de la manada me miraba. Mientras, a lo lejos, mis padres de cuernos gigantes vigilaban todo el sendero esperando el peligro.
Sí, esperando el peligro, puesto que siempre había tensión, nunca nos podíamos relajar.
Ya llegaban esas máquinas enormes para la recogida y transformación de aceite, nosotros salíamos dando las enormes zancadas nunca vistas, cuando llegaba a lo alto de la colina, mis ojos miraban abajo y yo pensaba.
–¡Qué paradoja! Fábricas de aceite –mientras sonreía para mis adentros.
¿Qué aceite van hacer? Esas máquinas no se dan cuentan de que si construyen encima de los olivos , no dejan crecer esos preciosos troncos que engatusan con sus olores.
–Ya no hay espacio para que las liebres hagan su hogar. Ya no hay espacio para esas aves que con su vuelo juguetón engañan a las liebres presas del pánico mostrando sus garras para el alimento de sus crías. Ya no hay espacio para esos saltamontes voladores alimentados por las semillas de los olivos. Ya no hay espacio para esos jabalíes de pelo duro buscando una sombra debajo de las hojas de un olivo centenario.
Ahora todos nosotros, los cuatro patas, los de alas, los de plumas, nos miramos sin temor unos de otros, al contrario, nos unimos para no ser atacados por vosotros, el humano, pensáis que vuestra inteligencia es superior hasta agotar la naturaleza.
A mí, Cabritilla (como me decía mi abuelo cariñosamente), apodado por la manada montesa “El Gran Sabio Cabrón”, me contaba historias ancestrales.
Nos sentábamos en lo alto de la colina a ver su maravilloso paisaje verdoso oscuro mientras señalando con las pezuñas pintábamos siguiendo el movimiento de las hojas de los olivos provocado por el viento.
A mi abuelo le veía feliz a mí lado, (creo que siempre fui su favorita), yo le admiraba y aprendía mucho de él, pasaba casi todo el tiempo con él, creo que mi abuelo sabía que le quedaba poco tiempo en estas tierras.
Me miraba con esos ojos caídos y vidriosos de felicidad mientras posaba su pata delantera sobre mi pezuña, con una voz ronca balbuceaba:
–Cabritilla, aprovecha para ver y a valorar estas vistas, que dentro de poco todo desaparecerá.
Yo, ingenua de mí, le miraba mientras pensaba para mis adentros (no sé por qué le llaman “El Gran Sabio Cabrón” ) nosotros sus nietos y la manada joven montesa le llamábamos “El Carcamal Cuenta Cuentos”.
–¡Cabritilla! No se te vayan los pensamientos (mientras me daba un pezuñazo en los cuernos).
–Escúchame bien –me iba diciendo–; todo esto en poco tiempo desaparecerá, como el cantar de las hojas del olivo, el olor inquietante de esas bolas verdes… ¡Cabritilla! (abriendo sus enormes ojos y sus grandes cuernos parecía que crecieran el doble cada vez que me recordaba esto ). ¿Recuerdas que siempre te comentaba la importancia del sonido del toc-toc?
–Sí, abuelo, cuéntamelo de nuevo, me encanta esa parte –decía yo sonriendo.
–Pues bien, “Jaén” formaban al silbar con el choque de la aceituna sobre la arena. Ahora todo lo cambia (decía mientras bajaba su mirada y su voz se agudizaba), todo se sustituye, ahora se escucha el cantar de su horrible fábrica, su toc-toc son las escopetas de los furtivos y su maravilloso olor es un espeluznante humo quemado.
A mí, personalmente, creía que me contaba historias de terror, historias fantasiosas, pero poco a poco, a medida que iba entrando en edad adulta, por desgracia me daba cuenta que esas historias eran reales.
Cada atardecer continuaba con el cuento anterior, esa tarde era especial, la luna brillaba como nunca y mi abuelo estaba espléndido e irradiaba felicidad.
–Cabritilla, ponte a mi lado, esta será mi última historia, ( mientras me guiñaba un ojo). Espero que pongas en práctica todo lo que te he estado relatando estos años y sobre todo que vivas el día a día, yo ahora me doy cuenta.
–¿Por qué me dices eso abuelo? ¿Es que tú no lo has hecho? –le decía extrañada.
–Sí, Cabritilla, lo he intentado, pero me he dado cuenta tarde, la verdad es que tengo suerte de que a mí me queda poco tiempo en estas tierras, qué tristeza por los peques, mis nietos que vivirán con miedos anclados en sus cuevas, por si les atraviesa pólvora cubierta de metal, y por el simple hecho de colgarnos en una pared, no para alimentarse, y lo que más tristeza me da es que nunca conocerán ni verán ni degustarán los olivos de una provincia con un nombre tan corto pero tan profundo, Jaén.
Esas fueron sus últimas palabras, palabras sabias que puse en práctica, qué razón tenía “El Gran Sabio Cabrón”, ese viejo testarudo de cuernos despeluchados Carcamal Cuenta Cuentos, mi orgullo, mi Gran Abuelo.
A raíz de esa noche, bajaba todos los amaneceres brincando y parando en cada roca para pintar con mis pezuñas los extravagantes dibujos aparecidos en esas hojas coloreadas, poder oler sus raros olores, y agudizar mis orejotas para escuchar la caída de la aceituna y sobre todo bajar hasta las laderas para poder tocar esos troncos milenarios llamados olivos y relamer sus aceitunas.
Cuando llegaba el atardecer, subía por las laderas a las altas montañas dirección a las rocas, iba acompañada de varios cabritillos jóvenes monteses, parando en cualquier rincón para mostrarles las maravillas de esta provincia llamada Jaén, a la vez iba recapitulando las historias tan sabias de mi abuelo, para ellos eran fábulas pero al menos las escuchaban mientras los más rezagados quedaban atrás murmurando:
–Le vamos a llamar el siervo del “Gran Sabio Cabrón” –decían entre risas en forma de burla.
Sinceramente esos comentarios me daban igual, al contrario, estoy a favor de que hablen de mí, algo se les quedaría en esas cabezotas gigantes y más sabiendo que a mi lado solían ir tres o cuatro cabritillos escuchándome atentamente, ellos serían mis futuros siervos.
Retumbando en mi cabeza ese sonido pavoroso, recordaba que había sido alcanzada por un balazo, abrí mis ojos con una mirada borrosa admirando todo ese paisaje verdoso, mezclado con naranjas, marrones, azules, sentía ese dolor horrible en mi pata que se iba tintando de un color rojizo, intentaba incorporarme pero el dolor no me dejaba ponerme en pie.
Oía unas voces de lejos que no me eran familiares, cada vez las sentía más cercanas, decidí quedarme inmóvil, pero el goteo de mis ojos me delataron.
–¡Aquí! ¡Aquí! ¡Lo encontré! ¡Todavía esta vivo!, ¿le disparo de nuevo para que no sufra?
–¡Qué orgulloso estoy de ti hijo! Tu primera pieza.


