Hasán, el olivarero

[Alberto Bellido García]

“Hasán es un muchacho nacido en el año mil novecientos ochenta y cinco en uno de los países más pobres y peligrosos del mundo: Somalia. Perteneciente a una de las tribus más grandes e importantes del país Daarood, desde muy pequeño se vio obligado a luchar contra los clanes vecinos. Y, en especial, a partir de la guerra civil de principios de los noventa, con la intervención de Estados Unidos con la distribución de ayuda humanitaria.

El fatídico año de mil novecientos noventa y dos, cuando Hasán acababa de cumplir los siete años, perdió a sus padres y hermanos, viéndose forzado a refugiarse en una vivienda semiderruida de la capital, Mogadiscio, con las balas de los fusiles y pistolas, y los cañozanos de los tanques silbándole alrededor, debido a los feroces combates entablados entre los señores de la guerra somalíes y las fuerzas estadounidenses.

Hasán, solitario y hambriento, presentía que, tarde o temprano, una bala perdida le alcanzaría y acabaría también con su vida. No veía más futuro que ese, y por las noches, al ser víctima de atroces pesadillas, despertaba sobresaltado. Hasta que, de repente, una fría noche, un acontecimiento inesperado hizo que el rumbo de su vida cambiara por completo.

Un miliciano joven que, sin duda, tenía buen corazón, le llamó la atención cuando le vio acurrucado entre las ruinas humeantes.

–¡¡Eh, chico!! ¡¡Chico!! ¿Qué haces ahí? ¡¡Ven, ven, conmigo!! ¡¡No temas!! ¡¡Ahora no hay peligro!!.

Pero al ver que Hasán no se movía, tras negar varias veces con la cabeza, el miliciano fue al encuentro del niño.

–¿Qué te ha pasado? ¿Dónde están tus padres? ¿Los has perdido?

Ante aquel aluvión de preguntas, Hasán sólo fue capaz de musitar una escueta afirmación.

–Sí,..., sí, señor. Mis padres han muerto. Y mis hermanos, también–. Entonces, enseguida, se puso a llorar. En un instante posterior, se desahogó.

–¡¡Jamás los volveré a ver!! ¡¡Jamás!!.

A Hasán le tembló todo el cuerpo al pronunciar aquellas letales afirmaciones, como si lo estuvieran eletrocutando con unos cables de alta tensión. El miliciano, por su parte, compadecido y cada vez más afectado, no pudo evitar estrecharlo, con fuerza, entre sus brazos.

–¡¡Vamos, vamos!! ¡¡No te preocupes, que yo te sacaré de este infierno!! –exclamó con convicción. En ese momento, lo cogió como si fuera un bebé y se puso en pie. Entonces, se presentó al pequeño.

–Yo me llamo Mohamed. ¿Y tú?

–Yo soy Hasán.

–Pues encantado, Hasán. No te preocupes, que te voy a sacar de aquí, de este infierno.

Pero no tuvieron mucho más tiempo para seguir hablando. Rápidamente, varias balas impactaron en piedras que estaban en torno a ellos.

–¡¡Tenemos que irnos, Hasán!! ¡¡Aquí pronto se va a liar una gorda!!

Un convoy estadounidense estaba tratando de atravesar la calle, pero varios francotiradores apostados en diversos edificios de los alrededores habían abierto fuego sin contemplaciones. Los norteamericanos, por su parte, ocultos en sus tanquetas, les replicaban como buenamente podían.

Mohamed se echó al suelo con cuidado, procurando no hacer daño al niño.

–¡¡Al suelo, pequeño Hasán!! ¡¡Si nos ponemos a reptar como serpientes, saldremos vivos de aquí!!

El chico, por toda respuesta, le sonrió tímidamente. Así fue como, con gran habilidad y demostrada pericia, el bueno de Mohamed consiguió salvar a Hasán. Y cómo después de unas intensas horas esquivando los enfrentamientos que hacían arder a toda la ciudad, ambos llegaron hasta la casa del miliciano, ubicada en un barrio suburbial de Mogadiscio.

Mohamed le presentó a su mujer, una chica de su edad, al pequeño Hasán.

–Mira, Hasán, esta es Delu, mi esposa. Nosotros no tenemos hijos, pero te cuidaremos como si fueras nuestro.

A Delu no le hizo falta más que ver lo desnutrido que estaba Hasán para que se le reblandeciera el corazón.

–¡¡Oh, pobrecito!! Seguro que sólo te has alimentado de basura. Yo te daré de comer bien.

Y unos minutos más tarde, tras desaparecer del salón e ir a la cocina, Delu volvió a aparecer en presencia de Mohamed y Hasán con un gran plato de arroz blanco, que este último devoró ante la satisfacción de los recién estrenados padres. Transcurrieron los años, la guerra terminó, y Hasán logró ir creciendo en un ambiente de relativa paz, siempre con la atenta mirada de sus padres adoptivos.

En todo ese tiempo pudieron sobrevivir a duras penas, como pescadores, pero cuando la actividad de los piratas se volvió indiscriminada, lo tuvieron que dejar, para no verse envueltos en ningún secuestro. Y no encontraron otra solución que cultivar un pequeño huerto al lado de su casa, vendiendo los frutos en el mercado dominical del pueblo más cercano.

Hasta que Hasán tomó una decisión muy importante, y cierta noche, del año dos mil diez, se la expuso a unos ya envejecidos Mohamed y Selu.

–Padre, madre, escuchad. No podemos continuar así. Vosotros no podéis seguir manteniéndome. Esto lo he hablado el pasado domingo con un amigo que está en una situación parecida. Y hemos decidido marcharnos de aquí, en búsqueda de una vida mejor. Con lo que hemos ido ahorrando estos años, creeremos que será suficiente para poder llegar hasta España.

Delu no pudo evitar, nada más dejar de hablar Hasán, ponerse a llorar. Mientras tanto, por su parte, Mohamed le solicitó confirmación a su hijo adoptivo de que si estaba seguro del paso decisivo que iba a dar.

–¿Estás seguro, hijo mío?

–Sí, padre, no te preocupes, que estoy muy seguro de que esta va a ser la mejor decisión para todos.

Hasán preparó aquella toda noche todo lo que consideraba necesario llevar y al día siguiente, por la mañana temprano, su amigo Abu lo pasó a recoger.

Hasán se fundió, durante unos minutos, en sendos fuertes y sentidos abrazos con sus padres, y después se puso en marcha con Abu.

–Bien, Abu, ¿qué crees que debemos hacer a partir de ahora? ¿Adónde debemos ir? –le preguntó.

–Me han estado hablando de Almería, gente que estuvo allí, que es un sitio en el que acogen muy bien a todo el mundo. Y de allí, si tenemos suerte y conseguimos los papeles, podríamos ir hasta otra ciudad de España, Jaén, donde por esta época no falta trabajo en los olivares –respondió éste.

–¿Olivares? –volvió a interrogarle interesado Hasán, pues nunca había escuchado aquella palabra.

–Sí, olivares. De los mismos se saca un fruto llamado aceituna. Y también se fabrica el mejor aceite de oliva del mundo.

–¡Ah, vale! –respondió Hasán divertido–. Del aceite sí que he oído hablar! ¡¡Pues adelante!!

–¿Cuál es nuestro objetivo ahora?

–Llegar hasta Marruecos, al norte del continente africano. Pero me han aconsejado que no intentemos entrar a España por el Estrecho de Gibraltar. Es muy difícil por ahí y está muy vigilado. Sino que lo hagamos por Almería, una provincia que está más al sureste, contactando con una mafia marroquí, para que podamos ir en una patera.

–Vaya, por lo que veo ya estás muy enterado de todo! Pero,..., lo de la mafia y la patera, ¿no será peligroso? ¿no pedirán mucho dinero? –preguntó muy intrigado Hasán.

–Bueno, entre lo que llevas tú y lo mío, estoy seguro de que será suficiente –replicó Abu.

Gracias a su persistencia, Hasán y Abu, tras interminables jornadas de viaje, que pudieron sobrellevar bien debido a su juventud y resistencia física, llegaron hasta Marruecos. Y una vez allí, establecieron contacto con una mafia local, que les garantizó dos puestos en una patera que partía hacia España unos pocos días después. Eso sí, teniendo que desembarazarse de todos los ahorros.

Sin embargo, la mala fortuna hizo que una tormenta les pillara en alta mar, siendo rescatados, milagrosamente, por una lancha de la guardia civil. Hasán y Abu fueron trasladados, junto a la tripulación de su patera, a un centro de acogida de inmigrantes. Una vez allí, y gracias a un contacto que tenía Abu, que se enteró de la presencia de éste, consiguieron regularizar su situación, así como viajar hasta Jaén, donde fueron contratados como jornaleros por el dueño de una amplia extensión de olivares, en concreto, de cien hectáreas.

Hasán y Abu, aunque el primer día lo pasaron mal debido a la dureza del trabajo, que se tenía que hacer de sol a sol, con el transcurso de las jornadas se fueron acostumbrando al mismo. No obstante, lo peor no era eso, sino el salario de miseria que percibían. Y Hasán no tardó en manifestar su preocupación por esto a Abu.

–La verdad es que no me esperaba, Abu, que por tantas horas de trabajo cobrásemos tan poco. Apenas tenemos para comer. Dime, amigo, ¿no hay una forma que se te pueda ocurrir de ganar más dinero? –preguntó.

–Bueno, hay algo, pero que puede ser peligroso, y si nos pillan, nos pueden expulsar… –dijo Abu rascándose la cabeza y reflexionando sobre lo que había dicho.

–¡Me da igual! Esto no es vida. ¿De qué se trata? –le interrogó muy interesado.

–Pues sé que hay contrabando de aceitunas en el mercado negro, en la ciudad, en Jaén. Tendríamos que ir por la noche, cuando nadie nos viera, aprovisionarnos de unas cuantas cajas, y el día que tengamos libre, ir a venderlas –contestó Abu.

–Pero, lo que es más importante, ¿sabes si nos pueden llegar a pagar bien por ello? –volvió a preguntar Hasán ansioso.

–Sí, eso sé de gente que lo ha hecho y le ha salido bien. Ha ganado bastante. Pero debemos de ser muy prudentes, pues ya te digo, si nos descubren, nos deportarán a África –expuso crudamente Abu.

–¡¡Pues adelante!! ¡¡Estoy dispuesto a arriesgarme!! ¿Y tú, Abu? –dijo Hasán.

–Yo también. Estoy de acuerdo –respondió el aludido.

Así, aquella misma noche, al tener al día siguiente la jornada libre, sin que nadie los viera, Hasán y Abu llegaron, con extremado sigilo, al olivar. Se pusieron a recolectar aceitunas, que fueron guardando en varias cajas, pero cuando ya estaban acabando, las potentes luces de un vehículo todoterreno les sorprendieron.

–¡¡Aprisa, aprisa, Abu!! ¡¡Nos han descubierto!!

Hasán y Abu trataron de huir, pero varios hombres con pistolas les cortaron el paso.

–¡No tan deprisa, amiguitos! –les espetó un hombre con gafas oscuras.

Hasán reaccionó sorprendido.

–¡¡Quién eres!! ¡¡Tú no eres el dueño de esta finca!!

–¡¡Acaso pensabas que era él!! ¡¡Jajaja!! –replicó el hombre de las gafas oscuras.

–¡¡Ya sé!! –intervino Abu–. ¡¡Tú eres el narco del que tanto se ha hablado por aquí!!–. El aludido se le quedó mirando fijamente.

–Vaya, eres listo, valiente y atrevido. Bueno, no, más bien, temerario. ¿Sabéis? Os habéis adelantado a nosotros. Estas cajas son nuestras. Y la verdad es que veníamos a por más.

¡Dejad todo lo que estáis haciendo!

Hasán y Abu se miraron el uno al otro, dudando si obedecer o no aquella orden.

–¡¡Vamos, dejad lo que estáis haciendo o no viviréis para contarlo!!

Y aquellos hombres volvieron a encañonarlos, esta vez, en serio. Muy frustrados, Hasán y Abu soltaron las dos cajas que tenían sujetadas y pusieron sus manos en alto, como con un gesto con la pistola les había ordenado el jefe de los mafiosos. Cuando todo, aquella noche, parecía decidido y los mafiosos parecía que iban a salirse con la suya, algo inesperado aconteció. De nuevo, unas potentes linternas volvieron a iluminar el lugar.

En esta ocasión, se trataba de una patrulla formada por el dueño de la finca y otros propietarios. Una voz se oyó con claridad cuando los mafiosos, así como Hasán y Abu, se escondieron detrás de varios olivos.

–¡Ya os decía yo que los malditos contrabandistas estaban pululando por aquí! Deprisa, debemos llamar a la guardia civil antes de que nos vean.

En ese instante, Abu sintió algo de frío en la nuca, en su sien. Se trataba del cañón de la pistola del jefe mafioso, que le habló en voz baja.

–Ahora, chiquito negro, me vas a hacer caso. Toma esta pistola,..., la que te estoy ofreciendo.

Hasán fue mirando lentamente hacia abajo, con un miedo indescriptible a acabar muerto allí mismo. Y vio otra pistola, en la otra mano del mafioso. Obediente, Hasán la cogió.

–Y ahora, vas a apuntar a ese cabrón que quiere alertar a la guardia civil. ¡¡Vamos!! ¡¡Dispara, , o seré yo el que acabe contigo!! –le amenazó el mafioso.

Aterrado, Hasán, en ese instante, apuntó hacia su jefe, pero debido al temblor de sus manos, la herida que le provocó por una bala perdida fue sólo superficial. Uno de los propietarios de aquella finca, que acompañaba al jefe de Hasán y Abu, que había visto al primero escondido con el líder de los mafiosos, alertó a los demás productores.

–¡¡Rápido, llamad a la guardia!! ¡¡Han herido a Manuel!!

–¡¡Maldito negro de mierda!! ¡¡Toma tu merecido!! –exclamó disgustado el mafioso, que le disparó en un costado.

–¡¡Vamos, nos largamos de aquí!! ¡¡Nos han chafado el plan, pero volveremos!! –ordenó a sus compañeros.

Y así fue. Los contrabandistas salieron de sus escondites, apuntando con sus armas a los dueños de los olivares, y después de amenazarles con dispararles, huyeron en su vehículo. Enseguida, Abu se abalanzó sobre el malherido Hasán.

–¡¡Hasán, Hasán!! ¿Estás bien? –gritó muy afectado.

–Tranquilo, chico –le dijo el propietario, que había visto con anterioridad a Hasán y al mafioso–. No es una herida grave la de tu amigo. Ya hemos llamado a una ambulancia. Vendrá enseguida y le llevarán al hospital más cercano.

Días más tarde, cuando a Hasán estaban a punto de darle el alta, recibió la visita de su jefe, Manuel.

–Hasán, voy a estarte agradecido el resto de tu vida. Ya me contó tu amigo Luis que, pese a jugarte la vida, no cediste a la presión de ese malnacido, y no me mataste.

–Pero, ¿qué es lo que ha pasado con esos contrabandistas? –le preguntó Hasán intrigado.

–Anoche se produjo un tiroteo, en una finca al lado de la mía, entre los guardias civiles y ellos. Están todos muertos, y también hubo dos guardias civiles heridos –respondió Manuel.

–¿Y Abu? ¿Qué ha pasado con él? –volvió a interrogarle, preocupado, Hasán.

–No te preocupes. Me lo ha contado todo. La verdad es que lo que habéis intentado hacer no está nada bien. Pero ahora he decidido subiros de nivel porque os lo habéis merecido. Seréis dos más de mis capataces, con más sueldo. Pero, eso sí, espero que no volváis a tener la tentación de robar, ¡jejeje! –concluyó Manuel.

¡¡Muchas gracias, jefe!! ¡¡Ahora soy yo el que le está muy agradecido a usted!! –le respondió Hasán muy feliz.

–Venga, venga, no es nada. Espero que podamos trabajar juntos muchos años.

Y así fue. Transcurrido un tiempo, Hasán pudo alquilar una casa, junto a su amigo Abu, y dejaron de pernoctar en la hacienda de su jefe, casándose ambos con dos atractivas muchachas del lugar. No sólo eso, sino que también, además, pudo Hasán enviar cada mes una cantidad de dinero a sus padres adoptivos, que pudieron afrontar su vejez con garantías.

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