Los olivares de Oliver
[Nicolás David Ramírez]
La casa parecía austera, el agente Javier Oliver sabía que estaba dando en el clavo. Golpeó dos veces y nadie contestó.
–Entremos –le dijo a Neri.
Inevitablemente las pistas lo llevaron hasta la casa.
–¿Alguna vez viste de dónde salen las olivas? –le preguntó Neri, medio temeroso, medio inseguro. Lo que estaba por pasar a continuación (aunque sean gajes del oficio) no le parecía para nada agradable al agente Javier.
–Tú sabes que tengo una idea muy clara de dónde salen, ¿no?… Igual acá lo importante es dar con el asesino, seguramente estará en algún lugar de la propiedad –le respondió Javier.
El aviso había sido dado por una fuente anónima. El caso había estado siendo seguido por Javier. Parecía ser que la familia dueña de la propiedad de aquel campo lleno de árboles de olivas a la cual estaban por entrar, había malversado y matado a un miembro de la familia de la competencia. En medio de esta puja de poder, la familia que le hacía de competencia había caído en bancarrota. Estaban queriendo monopolizar el negocio de los aceites. Ante la llamada de la fuente y la insistencia de su compañero en hacerse cargo ellos solos (sin todavía decir nada a nadie), Javier cedió y le contó todo lo que había recolectado del caso. Ante esto último dieron que el paradero del asesino estaba inevitablemente dentro de la propiedad. Para rellenar más la confirmación de que el asesino estaba dentro, en menos de 24 horas, un testigo casual le había dicho a Neri haber escuchado el tiro de una pistola dentro de la propiedad.
La patada fue certera, la puerta cedió casi sin quejarse. Por unos segundos vieron todo oscuro, no había ninguna luz prendida o eso parecía ser. Cautelosamente, cruzaron el pasillo que le daba la bienvenida a la casa a cualquier huésped. En la habitación principal que encontraron cruzando el pequeño pasillo, descubrieron cantidad de cajas sin terminar de envasar con el contenido que había hecho famosa a la familia por cientos de años… El aceite. En muchas cajas rezaba la leyenda “LÁZARO”. Los Lázaros habían sido grandes aceiteros de la región de Sevilla. Por mucho tiempo habían copado el negocio y no dejaban trabajar (con muchísimas excepciones) a gente que no fuera del vínculo familiar; como bien se dice, era una empresa familiar con todas las letras.
–Hay algo que no anda bien, según el reporte de Elías, la familia se fue del país... Sacando las cajas –en ese momento lo interrumpió Neri–. Está todo en su lugar, ¿no? –terminó la frase el bueno de Neri.
Javier sabía muy bien cómo funcionaba el negocio del aceite y sus posible rencillas y peleas entre familias. Es más, esa parte de tierra alguna vez había pertenecido a la familia de Javier porque como bien dice su apellido, la oliva era parte de su vocabulario. Criado entre medio de aquellos fantasmales árboles llenos de nudos, Javier había pasado su infancia jugando y trepando en los mismos. Rutas del destino lo habían alejado del negocio familiar y, mientras acontecía esto, había visto tanto como su familia cómo el negocio de los Oliver comenzaba a mancillarse. Se podría decir que los Lázaro le habían robado casi todo el negocio. Javi nunca había contado mucho, esto último era una afirmación desconocida para Neri.
Luego de un buen rato de revolver algunos cajones y no encontrar nada comenzaron a prestarle atención a la puerta de salida
–Esa puerta es la que da al patio, ¿no? –le preguntó Javier.
–La única certeza que tenemos es el reporte de Elías... Y a decir verdad no me creo más una puta cosa que pueda decir ese papelillo–. Terminado de decir esto, Neri sacó el arma y le hizo señas a su compañero, avisándole que estaba a punto de abrir la puerta.
Afuera, la luna los estaba esperando firme en el cielo; era luna llena e iluminaba el inacabable campo de olivos de la familia Lázaro. Neri giró la perilla de la puerta de roble que parecía pesar miles de toneladas, y muy levemente cedió ante su acción. El agente Oliver comenzó a apuntar hacia la nada misma, ya que la puerta se abrió y no encontraron nada inmediatamente. Dieron unos pasos y llegaron a la entrada del campo. Los dos agentes se quedaron mirando maravillados los majestuosos árboles de olivas. A primera vista eran el lugar perfecto para el escondite del asesino.
–Tranquilo y estate muy atento –comenzó Neri–. Estos árboles pueden ser muy traicioneros.
–Tu familia tenía cosecha de olivas, ¿no?... Tú mejor que nadie debes saber lo complicados que son estos árboles.
–Espera –le interrumpió Javier–. ¡Mira! Déjame accionar ese interruptor.
Casi de memoria, Javier dio unos pasos a su derecha y accionó lo que parecía ser el botón de un cable que llevaba a una caja que a simple vista era imposible de descubrir; el color y unos frascos de aceitunas escondían la mencionada caja de electricidad. El click resonó en todo el campo, Neri comenzó a mirar fijamente los pocos focos que había por todo el campo y ninguno se encendió.
–Eso no puede haber sido una “coincidencia” del destino –le dijo Neri y prosiguió–. El asesino sabe que estamos aquí, nos cortó la luz de todo el campo... Comencemos a caminar despacio–. De golpe se sintió un movimiento en el segundo árbol yendo para la izquierda de los agentes. Rápidamente apuntaron sus armas para donde vino el sonido. Del medio del árbol salieron volando una bandada de cuervos.
–¿Cuervos? –se preguntó Neri.
Javier no dijo nada, Neri se limitó a sacar su linterna y mirarlo de reojo, sin perder tiempo. Este último se pegó a su compañero y comenzaron a ir para el árbol en cuestión.
La caminata fue eterna; a medida que se adentraban hacia su objetivo, el olor a las olivas los iba entumeciendo.
–¿Sabes una cosa Neri? –le dijo Javi.
–¿Qué pasa Javi?
–Odio las aceitunas... este olor me parece nauseabundo –seguido de esto último, Javier tropezó con una rama y cayó al suelo. Neri hizo amague de agarrar a su compañero, pero le podía más la curiosidad de con qué se podía encontrar en la llegada hacia el susodicho árbol.
–¿Estás bien, Javi? –le dijo Neri–. Levántate rápido que ya casi estamos en el árbol–. Javier se levantó rápido y sin decir nada se le adelantó a Neri. Se le adelantó tanto que por un momento lo perdió del haz de luz de la interna. No dijo nada y apresuró sus pasos, y entonces dio con Javi.
El agente Oliver estaba parado mirando fijamente algo que sobresalía del otro lado del árbol. Neri puso su pistola a la par de la linterna y decidido fue para ver todo de más cerca. La imagen era grotesca, el anudado árbol parecía ser un moño para el regalo que acontecía a sus pies. Ahí estaba Ignacio Lázaro, “Nacho” para los amigos, muerto de un tiro en la cabeza. Su boca estaba abierta y llena de aceitunas. Algunas partes de su cuerpo estaban picoteadas por los cuervos, lo más horripilante de la situación era que Nacho estaba sin ojos, bah, los ojos habían sido reemplazados por dos aceitunas de una circunferencia pocas veces antes vista.
–Pero no puede ser...–. Neri estaba desconcertado. Sin pensarlo le pasó su linterna a Javier, ni siquiera se le ocurrió pedirle que le iluminara la escena, el descolocamiento para con la persona que se hallaba muerta era total.
Levemente se acercó hacia el cuerpo. Con solo mirarlo se daba cuenta que llevaba muerto casi un día. Miró un poco más alrededor y no encontró nada más que aceitunas tiradas por todos lados; estaba por levantarse cuando de pronto vio el casquillo de una bala.
–Javi…, ¿me podes iluminar un poco más acá?
Javier no emitió una sola palabra y se le limitó a hacerle caso a la petición de Neri.
–Pero, ¡que carajos!–. La mano de Neri sacó muy cuidadosamente uno de los “ojos aceitunas” que tenía Nacho. Lo giró un poco y vio que tenía grabada una O. Hizo exactamente lo mismo con el otro ojo. Justo en ese momento se cortó la luz de la linterna.
–Disculpa Neri, uso la mía–. Velozmente, Javier sacó de su bolsillo la linterna y algo más que Neri, al girar su cabeza para voltearse y ver a su compañero, no llegó a ver. Sintió que algo había caído cerca de su posición; seguido de ese pequeño golpe seco se sintió el “TIC” de la linterna prendiéndose.
Una ráfaga fuerte de viento movió el “ojo” que había sacado Neri de Nacho; rápidamente volvió su mirada hacia el otro “ojo” y vio otra letra labrada en la misma. Era una J. Sintió los pasos de Javier que se acercaba por detrás. Neri miro rápidamente un poco más hacia adelante y se dio cuenta de la terrible verdad.
–La verdad no quiero perder más tiempo con todo esto Neri –le dijo Javier mientras le sacaba el seguro a su pistola.
–Hijo de puta… Fuiste vos–. Neri giró su cabeza y vio a Javi apuntándole de frente. Detrás de él se levantaba un majestuoso árbol de oliva.
–Eso que te tiré más adelante son los ojos del estúpido este, lo tuve que matar… arruinó a mi familia.
–No entiendo… no tenías necesidad Javier.
–Si la tenía… humilló a mi familia, él y el estúpido de su hermano, que para este momento debe estar no muy lejos de aquí.
Neri se dio cuenta que se venía una tormenta, otra ráfaga de viento se hizo presente y en el cielo se podían empezar a vislumbrar las primeras nubes que parecían que traerían una tormenta que golpearía con la fiereza de algún hacha talando aquel ancho y fornido árbol de oliva que hacía de escenario.
–¿Sabes Neri…? Yo me crié en esta misma casa, increíblemente nunca, pero nunca me gustaron las aceitunas y por culpa de eso se tuvo que morir el bastardo de mi tío… me obligaba a comérmelas... Y también quería el negocio para él solo–. Sacó de su bolsillo un caramelo de menta y se lo comió–. Este caramelo calma el olor nauseabundo de las olivas, si en algún momento me hubieras prestado atención, te habrías dado cuenta que el informe de Elías nunca existió... No había necesidad de venir.
Javier dio tres pasos hacia atrás y saludó por última vez a Neri. Lo último que vio Neri fue el majestuoso árbol de oliva que por un segundo se transformó en un monstruo que quería abrazarlo. Todo desapareció con el sonido seco del tiro que salió de la pistola del agente Javier Oliver.
Javier dejó pasar unos minutos entre el sonido de la muerte y el sonido de las ráfagas del viento que comenzaban a bailar con los olivares. Se acercó hasta el árbol de oliva y se agachó para recoger una aceituna. Con su otra mano acaricio al árbol y recordó que cuando era niño hacía lo mismo. Decidido, tomó la aceituna y se la metió en la boca
–Qué cosa horrible…–. Rápidamente la escupió y sacó su celular, discó un número y esperó a ser atendido del otro lado.
–¿Hola? –se escuchó del otro lado, en tono dubitativo.
–Sí, ¿me comunico con el señor Matías Lázaro? –respondió rápidamente Javier.
–Sí…, ¿con quién hablo?
–Usted está hablando con el agente especial Javier Oliver, tengo la lamentable noticia de decirle que hubo un accidente con su hermano… –le espetó Javier.
–¿Con Nacho?... ¿Qué pasó? –le contestó de manera nerviosa Matías.
–Le pido que mantengamos la cordura señor Lázaro, necesito que venga urgente para la casa de su familia, por favor sea discreto y no lo comente con nadie… Venga ya.
–Ya salgo para allá–. Y se escuchó el cortar abruptamente del otro lado
Habían pasado unos 30 minutos de la llamada y Javier sintió el frenado del auto en el frente de la casa. Las primeras gotas de la lluvia comenzaban a caer. Sin perder tiempo Javier abrió la puerta y recibió a Matías.
–Hola, señor Lázaro –y automáticamente sacó su credencial–. Agente Oliver, venga por aquí… no va a creer usted lo que tengo para mostrarle.
Matías caminó sin decir nada y salió primero hacia afuera; detrás estaba el agente Oliver, esbozando una sonrisa de oreja a oreja en el mismo momento que un rayo resquebrajó el cielo y el campo de árboles de olivas se ilumino. La tormenta había llegado.


